El Beato José Allamano, su fundador, contestaría así:
- Son una familia de sacerdotes y hermanos que se comprometen en el anuncio del Evangelio en el mundo. No son una organización, ni un instituto, ni un colegio sino ante todo una familia. Las dificultades que encuentra quien se compromete con el Evangelio y con la ayuda a los hermanos más necesitados en una situación de frontera, requiere que tenga hermanos que le ayuden, le sustenten y le animen. No bastan los simples compañeros de trabajo. Es necesaria la familia. Dice José Allamano: “Uno deja su familia natural para dedicarse a la misión y encuentra otra familia”. En este criterio se inspira la convivencia, las relaciones interpersonales, la oración, la formación: ¡todo!
- Son consagrados: se dedican a la misión de manera total, sin ningún vínculo, separados de todo, y por tanto profesan la pobreza, la castidad y la obediencia en el espíritu de las bienaventuranzas, y lo hacen no temporalmente sino para toda la vida.
- Son enviados más allá de las fronteras del propio país, diócesis y parroquia. Miran y tienen en su corazón el mundo y todos los pueblos. Son testigos de la universalidad de la Iglesia. Este “ir más allá”, siempre se expresa en cualquier sitio en donde se encuentran, porque hay que superar no solamente las barreras territoriales sino también aquellas raciales, culturales, sociológicas e incluso religiosas, en el sentido de que hay que fijarse en los que están a nuestro alrededor, lejos de Cristo y de la Iglesia.
- Tienen a María, la Madre de Jesús, como inspiradora y como Madre, y la veneran con la suave advocación de “Consolata”. Como ella, quieren llevar al mundo el verdadero consuelo que es Jesús, el Evangelio, y juntos, estar cerca de los enfermos y marginados, promoviendo los derechos humanos y también la justicia y la paz.






